LA TARTA 3

¿Qué es La Tarta?

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ULISES

Muchos padres desaparecen. Unos se van, a otros los dejan. Los hay que vuelven, desconocidos y hambrientos. Sólo el perro se acuerda de ellos. Y cuando están, a muchos no se les ve el pelo en todo el día, tienen trabajos que sus hijos apenas entienden. Van a la oficina, a la tienda, se encierran detrás de una puerta, gritan al teléfono, se ponen ropa de trabajo, hojean pornografía en camionetas. El carpintero. El electricista. Se presentan en casas de desconocidos. Una mujer en bata les abre la puerta, los invita a sentarse con ella a la mesa, les ofrece café y un trozo de tarta, hablan del trabajo por hacer. Por la noche no reconocerá el cuarto de baño, promete él. El lunes empezamos por el tejado. Otros pasan la jornada mano sobre mano, echándose al coleto algún que otro trago en la bañera. Muchos se dirigen a otra ciudad, para hacer el amor con una mujer que llevan años frecuentando. Algunos siguen increpando a sus hijos desde la tumba, de otros no queda sino una gastada fotografía. Hay hijos que sienten la necesidad de exhumar el cadáver, otros se conforman con un nombre escrito en el registro. Algunos pasan en coche por la casa donde el padre vivió de niño, aparca justo enfrente, otros juran que encontrarían la paz si pudieran verle la cara una sola vez. Un amigo heredó un dinero y contrató a un detective privado para encontrar a su padre: pagó mil dólares para averiguar que había muerto. Mi padre siempre ha estado presente en mi vida como ausencia, vacío, nombre sin cuerpo. Mi madre, mi hermano y yo, sentados los tres a la mesa, llevando todos su apellido. ¿Flynn?

En cierto modo yo sabía que acabaría apareciendo, que si me quedaba lo suficiente en un sitio él me encontraría, como te enseñan a hacer cuando te pierdes. Pero nunca nos enseñaron lo que hacer si los dos estáis perdidos, si ambos acabáis en el mismo lugar, esperando.

 

Nick Flynn, OTRA NOCHE DE MIERDA EN ESTA PUTA CIUDAD, páginas 29-30


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No lo sabía, pero sabía que Marcel la necesitaba y que ella necesitaba aquella necesidad, que de ello vivía noche y día, sobre todo por la noche, cada noche, cuando él no quería estar solo, ni envejecer, ni morir, con aquel aire obtuso que adoptaba y que ella reconocía a veces en los rostros de otros hombres, el único rasgo común a todos aquellos locos que se camuflan bajo talantes razonables, hasta que les atrapa el delirio y les arroja desesperadamente hacia un cuerpo de mujer para enterrar en él, sin deseo, todo lo que tienen de espantoso la soledad y la noche.

 

Albert Camus, LA MUJER ADULTERA (EL EXILIO Y EL REINO), página 27


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Las 2 mentiras

Verdad-verdad-verdad no hay muchas, en la física la gravedad y la velocidad de la luz, pero son relativas a nosotros los humanos. Yo he descubierto dos mentiras que creo son verdades (que mienten quiero decir):

1/ Que un mono sentado delante de una máquina de escribir (computadora) pueda, con el infinito como tiempo y con el azar como aliado, escribir obras como Hamlet, o El castillo, o Ulises…

Sé que no podré comprobarlo nunca, por aquello del infinito como variable y la creciente protección a los animales (experimentarlo sería poner desde ya a un orangután aquí en mi sitio)

2/ Que los productos de limpieza que prometen actuar Sin Frotar, son tan poco eficientes como los dentífricos que lo hacen con la promesa de Blanqueo Total.

Esta segunda es de momento más comprobable; puede que con el tiempo la industria limpiadora en todas sus vertientes lo logre (no mentir digo) y nos ocupemos de algo más allá de la blancura como concepto de pretendida santidad en venta.

 

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El animal, según Hegel, posee una conciencia inmediata del mundo exterior, un sentimiento de sí, pero no la conciencia de sí mismo, que distingue al hombre. Este no nace realmente hasta el instante en que cobra conciencia de sí mismo en tanto que sujeto cognoscente. Es, pues, esencialmente, conciencia de sí. La conciencia de sí, para afirmarse, ha de distinguirse de lo que no es ella. El hombre es la criatura que, para afirmar su ser y su diferencia, niega. Lo que distingue la conciencia de sí del mundo natural no es la simple contemplación por la que se identifica con el mundo exterior y se olvida de sí misma, sino el deseo que puede experimentar respecto del mundo. Este deseo la vuelve a sí misma en el tiempo en que le muestra el mundo exterior como diferente. En su deseo, el mundo exterior es lo que ella no tiene, y que es, pero que quiere tener para ser, y para que él ya no sea. La conciencia de sí es, pues, necesariamente, deseo. Pero para ser, es preciso que esté satisfecha; no puede satisfacerse más que por la satisfacción de su deseo. Actúa, pues, para satisfacer y, haciéndolo, niega, suprime aquello con que se satisface. Es negación. Actuar es destruir para hacer nacer la realidad espiritual de la conciencia. Pero destruir un objeto sin conciencia, como la carne, por ejemplo, en el acto de comer, es también lo propio del animal. Consumir no es aún ser consciente. Es preciso que el deseo de la conciencia se dirija a algo que sea distinto de la naturaleza sin conciencia. Lo único en el mundo que se distingue de esta naturaleza es precisamente la conciencia de sí. El deseo tiene que aplicarse, pues, a otro deseo, que la conciencia de sí se satisfaga con otra conciencia de sí. En lenguaje simple, el hombre no es reconocido y no se reconoce como hombre mientras se limita a subsistir animalmente. Tiene que ser reconocido por los otros hombres. Toda conciencia, en su principio, es deseo de ser reconocida y saludada como tal por las otras conciencias. Son los otros los que nos engendran. En sociedad, únicamente, recibimos un valor humano, superior al valor animal.

Siendo el valor supremo para el animal la conservación de la vida, la conciencia debe elevarse por encima de este instinto para recibir el valor humano. Ha de ser capaz de poner en juego su vida. Para ser reconocido por otra conciencia, el hombre tiene que estar dispuesto a arriesgar su vida y aceptar la posibilidad de la muerte. Las relaciones humanas fundamentales son así relaciones de puro prestigio, una lucha perpetua, que se paga con la muerte, para el reconocimiento del uno por el otro.

Albert Camus, EL HOMBRE REBELDE, paginas 166-167


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Tal vez sea mejor reconocer ese grado de falacia personal cuando todavía eres joven, en lugar de perder la noción fija de la propia identidad cuando llegas a la mediana edad y ya se empiezan a agotar la belleza y la juventud, o bien empiezan a faltarte la fuerza y la agilidad. Seguramente sea peor aferrarte al sarcasmo y al desprecio hasta acabar sintiéndose una aislada y despreciada por todos sus coetáneos. Pese a todo, esta forma extrema de corrección del rumbo psicológico sigue resultando… devastadora.

Chuck Palahniuk, CONDENADA, página 184


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« Como habían hecho los chinos mucho antes », dijo Z., “Gutenberg hizo que las letras fueran móviles, y así fijó, paradójicamente, el texto inmóvil. El plomo aseguraba la fidelidad de la transmisión, sólo atenuada por la chapuza y las erratas. Pero, desde la marcha triunfal de la electrónica, de esta fidelidad al texto no ha quedado nada. Ahora, cualquiera puede hacer y deshacer lo que lee a su antojo. La democracia todo lo vuelve líquido. Pronto se hará imposible distinguir, en medio de este oleaje, lo que uno quiso decir o incluso escribir en un primer momento”.


H.M.Enzensberger, REFLEXIONES DEL SEÑOR Z. o MIGAJAS QUE DEJABA CAER, RECOGIDAS POR SUS OYENTES, página 53

 


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Las mujeres, pensó, comprendían el tiempo (Gina entendía el tiempo). Las mujeres eran capaces de proyectar la imaginación y situarse en determinados puntos del futuro. El tiempo es una dimensión, no una fuerza. Pero las mujeres lo consideraban una fuerza porque sentían su violencia, a cada momento. Sabían que a los cuarenta y cinco años estarían medio muertas. Esa información no llegaba a los hombres. Los hombres, a los cuarenta y cinco, estaban en “la flor de la vida”. ¿La primavera? ¿Prima (vera): primera verdad? Ellas tienen el Cambio. Nosotros la Flor. Y ése es el motivo por el que nuestros cuerpos lloran y rezuman por la noche, porque nosotros también estamos medio muertos, sin saber cómo ni por qué.


Martin Amis, LA INFORMACION, página 367

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¿Cuándo empezó el cuerpo a vivir sus propias aventuras?, piensa Hombre de las Nieves, tras deshacerse de sus viejas compañeras de viaje, la mente y el alma, de las que en otro tiempo se consideró un mero receptáculo corrupto, o en todo caso una marioneta que interpretaba sus obras o una compañía perniciosa que las llevaba a la deriva. Seguramente se había cansado de las quejas constantes del alma y de los giros incesantes de la mente, tela de araña en espiral tejida por la ansiedad, que lo distraían cada vez que se disponía a hincarle el diente a algo jugoso, a meter los dedos en algo bueno. Se había librado de ellas, las había arrojado a algún santuario húmedo o a algún salón mal ventilado mientras él se ponía a la cola de algún club de topless, arrojando junto a ellas a la cultura: la música, la pintura, la poesía, el teatro. La sublimación y todo eso. Nada más que sublimación, según el cuerpo. ¿Por qué no cortarla de raíz?

Pero el cuerpo tenía sus propias formas de cultura. Tenía su propio arte. Las ejecuciones eran sus tragedias, la pornografía era su romanticismo.

Margaret Atwood, ORIX Y CRAKE, páginas 106-107

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L.G.Y.S.B.40.

La Gota y su Barbero

Este poemario fue escrito en 1994.

Último poema de este poemario repescado en tiempo de pandemias físicas y espirituales, que ya por aquel 1994 jugaba con sur realismo y que encaja a la perfección, con matices, en este nuestro nuevo ahora.

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Seis y cuarto, seis cuarenta y tres. Poema cuarenta.

 

Desde aquí el cauce de esta hermosa irrealidad alumna,

para dormir, como si labranza fuese verbena.

 

Y multiplico:

Uno por miles

es uno y su almohada burlonamente cierta.

 

Dos por miles

es saber que tras la puerta el murmullo acaba con orejas faltas del Sí envejecido y cierto.

 

Una gota.

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L.G.Y.S.B.39.

La Gota y su Barbero

Este poemario fue escrito en 1994.

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Anteojos calcados de ayer, cuando bailar crecía a las once,

era consulta ciudadana, caudal redondo en el tobillo,

aquella víscera de bola que engorda por falsedades.

 

Creo, si creer es vivir dos veces con uve,

que la fantasía sabe qué cazador matará al lobo.

 

Y más, que desde el helado asiento los labios circulan a velocidad deseo.

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